Introducción
Si uno mira la historia tributaria chilena con perspectiva —sin consignas, sin trincheras— aparece una idea incómoda pero persistente: hemos cambiado mucho, pero no necesariamente para tener más claridad.
Desde el FUT hasta hoy, el sistema ha pasado de la estabilidad a la corrección permanente. De reglas simples (con defectos, sí) a diseños más sofisticados… pero también más frágiles.
En mf.Asociados creemos que esta historia vale la pena contarla en tres actos. No para mirar el pasado con nostalgia, sino para entender qué está realmente en juego hoy.
Capítulo 1
El FUT: cuando el sistema tributario chileno sí era predecible (1984–2014)
Durante más de cuatro décadas, el sistema tributario chileno tuvo algo que hoy parece casi exótico: previsibilidad real.
Desde la incorporación formal del Fondo de Utilidades Tributarias (FUT) en 1984 hasta su anunciada —y más discursiva que efectiva— “eliminación” en 2014, el Impuesto a la Renta operó bajo reglas claras, conocidas y relativamente estables. Empresas, inversionistas y el propio Estado sabían a qué atenerse. Esa certeza permitió algo fundamental en cualquier economía que quiera crecer: tomar decisiones con horizonte largo.
Y conviene decirlo sin rodeos desde el inicio: el FUT nunca desapareció del todo.
Lo que ocurrió fue un reemplazo conceptual por un sistema más fragmentado, más normativo y considerablemente más complejo. El objetivo declarado era legítimo —evitar la postergación indefinida del impuesto personal—, pero el resultado fue bastante menos elegante y, sobre todo, menos intuitivo para el contribuyente promedio.
La pregunta incómoda sigue vigente:
¿el problema era el FUT… o la falta de control sobre ciertos usos del FUT?
Un diseño simple que funcionó durante décadas
El FUT se estructuró sobre una lógica clara y fácil de explicar, incluso para quien no era especialista tributario:
- La empresa tributaba vía Impuesto de Primera Categoría.
- Mientras las utilidades no fueran retiradas, el impuesto personal se difería.
- El impuesto corporativo operaba como crédito íntegro, asegurando integración total y evitando doble tributación.
Este esquema permitió financiar crecimiento con capital propio, reinvertir utilidades y planificar expansiones sin depender excesivamente de deuda. No fue casualidad que el desarrollo empresarial chileno de fines del siglo XX y comienzos del XXI se apoyara fuertemente en este modelo.
Desde la perspectiva técnica, el sistema funcionaba. Desde la perspectiva económica, también.
Estabilidad no es impunidad
Ahora bien, estabilidad no es sinónimo de perfección.
La flexibilidad del FUT abrió espacios para:
- Postergaciones indefinidas del impuesto personal.
- Planificaciones tributarias agresivas.
- Una brecha creciente entre la tributación efectiva y la capacidad económica real de ciertos contribuyentes.
El FUT fue estable, pero no estaba diseñado para resistir abusos sin una fiscalización moderna y efectiva. Ese fue su talón de Aquiles.
El problema es que, al intentar corregir esto, se sacrificó la estabilidad completa del sistema, y ese costo todavía lo estamos pagando.
Pero ningún sistema sobrevive solo con estabilidad. En el siguiente capítulo veremos cómo el intento de “corregir” el FUT terminó reemplazando claridad por complejidad… y abrió una etapa de fragilidad normativa que aún no cerramos.